La casa en el lago de la montaña

Invitaba ayer a la lectura de un maravilloso artículo de Maruja Torres publicado El País Semanal del 17 de abril, el cual hablaba de las cosas inmateriales que hacían feliz a la prestigiosa escritora. Tal vez no nos quede más remedio que aprender a disfrutar al máximo de todo cuanto tenemos, sobre todo de aquellas cosas que nos llevaríamos a esa isla desierta que tantas veces ha aparecido en las cábalas de la adolescencia. Tal vez estos tiempos de forzada -más que forzosa-austeridad nos hagan cambiar el modo de disfrutar y ser feliz aunque no nos demos cuenta. ¿Sería posible?

A mí me encantaría que, mientras la constante lluvia de publicidad e invitación al consumo irresponsable anegue todos los espacios televisivos, radiofónicos y demás..., fuéramos capaces de girar el rostro en un contundente gesto de rechazo a la intrusión descontrolada del capitalismo en nuestras conciencias; y que, mientras la erotizante voz de esas chicas que siempre hablan en francés nos quieren hacer creer que una vida de éxitos está al alcance de nuestras manos con el sólo uso de un perfume caro... agarramos el teléfono para invitar a nuestros padres y amigos a unas cervezas en el bar que cae a medias entre nuestras casas y las suyas.

Ahora no hay pasta, al menos para soportar los lastres económicos que queríamos arrastrar, sin poder, hace sólo un lustro, y es tiempo, queramos o no, de aprender a ser felices con lo que hay. Yo llevo algo más de un mes de convalecencia, casi enclaustrado entre las paredes de mi casa, sin poder ir a trabajar, sin poder ir a clases de guitarra, sin poder quedar con amigos y sin poder campear, pasear o hacer fotos a la primavera... e incluso siendo cada vez mayor el cansancio por el peso físico y psicológico de la escayola, estoy recuperando un tiempo perdido maravilloso, porque hace mucho que no disfrutaba de la música sin interrupciones, de la lectura relajante de un buen libro, de la agradable contemplación de los descubrimientos de mi hijo... ... ... ... ...

Todo esto me lleva a pensar que con todo lo que está pasando en los países árabes, los gravísimos problemas de la contaminación nuclear en Japón , el hambre y la misera cada vez más cerca de nuestro entorno, y todas esas reverencias a lo callado que tienen nuestros representantes políticos con los bancos y banqueros... quizás ¡qué coño quizás! que es un momento idóneo para pensar y resetear. Pensar porque el que piensa despierta, y resetear en la medida en que debemos ser menos materialistas, porque el consumo sólo conduce a más necesidad de consumo, y porque quien mucho come mucho engorda, y la obesidad no es una apariencia, sino un estado de salud comprometido.

Leía acostado en la cama antes de dormir (otra perla rescatada últimamente) de Susan Sontag unas frases sublime en su ensayo "Sobre la Fotografía", que es perfectamente extrapolable a otras tantas cosas de la vida. Me voy a tomar la molestia de escribirla tecla a tecla aquí. Tan sólo pido que tras su lectura penséis, al menos sobre si debemos resetear o no.

"La razón última de la necesidad de fotografiarlo todo reside en la lógica misma del consumo. Consumir implica quemar, agotar; y, por tanto, la necesidad de reabastecimiento. A medida que hacemos imágenes y las consumimos, necesitamos aún más imágenes; y más todavía. Pero las imágenes no son un tesoro por el cual se necesite saquear el mundo; son precisamente lo que está a mano dondequiera que se pose la mirada. La posesión de una cámara puede inspirar algo semejante a la lujuria. Y como todas las variantes creíbles de la lujuria, nunca se puede satisfacer: primero, porque las posibilidades de la fotografía son infinitas, y segundo, porque el proyecto termina por devorarse a sí mismo". Susan Sontag, Sobre la fotografía, 1975.

3 comentarios:

RAFA PÉREZ dijo...

La cámara (o nosotros) como Pantagruel que necesita alimentarse de imágenes. Muy buena entrada para matar las aburridas horas de aeropuerto.

Macachines dijo...

Suscribo letra a letra lo que dices, y lo que "tipeaste" de S. Sontag y además me empeño en ser consecuente con ello.

Agustin Rueda dijo...

Una entrada plena, te llena y te vacía, conmueve y espabila y todo en ese tono suave.